dimecres, 31 d’agost del 2011

1a (y fugaz) parada: Delhi

Poco que contar. Delhi no aguarda los viajeros con los brazos abiertos. De hecho, se podrian decir bastantes cosas desagradables de esta megalopolis de casi 13 millones de almas. Es una ciudad sucia, contaminada (dicen que un dia en Delhi es como fumarse medio paquete), ruidosa, estresante... La visita a los monumentos requiere un reato de discusion con algun rickshawero o taxista, y no siempre tienes garantias de que te lleven. La llegada desde Europa, casi siempre de noche contribuye a la sensacion de confusion. En cierto modo hace sentir vulnerable, o cuanto menos inspira pereza. Cruzar el control de pasaportes consuma el ingreso en un mundo nuevo que requiere activar la atencion para evitar que el acceso desigual a la informacion te haga palmar el minimo de pasta inecesaria. "Camaron que se duerme se lo lleva la corriente". Aqui el camaron llega atontado del vuelo y la corriente es un rio sagrado gigante.
Ok! Lo expuesto hasta aqui parece una queja, o algo que se le parece mucho. Antes de dejar Delhi (en la que estuve exactamente 9 horas) un apunte. De entrada sorprende, e intimida, la cantidad de gente durmiendo en la calle, en los soportales, en los margenes de la carretera, literalmente por todas partes en los alrededores de Old Delhi, donde estan las pensiones mas tiradillas. El joputilla del taxista me dejo, nominalmente, donde le habia pedido, aunque sabia tan bien como yo que no era ese el lugar al que queria ir. La tecnica es clara, te dejo en medio de una nada amenazadora y te casco 100 rupias mas por llevarte 500 metros (cuya direccion desconoces). Ni que decir tiene que el orgullo (esa cosa que algunos dicen, con razon, que mata) me condujo al cabreo, y de ahi a quedarme rezonablemente colgao. Cantaba como un votante del PP en una rave. Con la mochila decathlon, blanquito y desorientado con pasaporte y pasta por un tubo, una perita en dulce. Ni caso. Y no es que en l;a India la apropiacion de lo ajeno, especialmente del guiri, sea un tabu. Una hora antes el funcionario de la cabina de pre-pago de taxis, un cabroncete con trabajo estable, me habia tangado 400 rupias con la habilidad de un ilusionista. Quizas fuese una cuestion de punto muerto, encender la llama de la brutalidad contra el otro (en este caso yo) llevaria a una escalada de violencia que hubiese dinamitado la cohesion entre los desarropados que dormian. El reparto del botin hubiese generado nuevas desigualdades, a escala micro, que hubiesen generado nueva violencia. En fin, menos paja. El caso es que fuese por esto, fuese por azar o por la divina providencia cientos de personas con solo su cuerpo y nada que perder prefirieron seguir duemiendo a robar al extranyo extranjero que pajareaba de madrugada por las calles de Delhi que quizas no es tan mal lugar.


 

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